Del modo supervivencia al modo reparación: cuidar el cuerpo y el alma en una Venezuela herida
Del modo supervivencia al modo reparación: cuidar el cuerpo y el alma en una Venezuela herida
Hay momentos en los que las palabras se quedan pequeñas. Cuando una familia pierde su casa, alguien llora a un ser querido, una persona enferma no sabe cómo continuará su tratamiento, o un niño pregunta por qué todo cambió, no sirven los discursos grandes ni las frases hechas. Sirve una presencia honesta: una mano, un vaso de agua, una llamada, un silencio respetuoso, un “estoy aquí” dicho sin invadir.
Después de una tragedia, muchas personas entran en lo que podríamos llamar modo supervivencia. El cuerpo se mantiene alerta, como si necesitara defenderse todo el tiempo. Puede aparecer insomnio, cansancio extremo, palpitaciones, falta de apetito, ansiedad, irritabilidad, llanto fácil, confusión o una tristeza que pesa en el pecho. Nada de esto significa debilidad. Es una respuesta natural ante el miedo, la pérdida y el agotamiento.
Nadie puede vivir indefinidamente en estado de alarma
El cuerpo necesita pasar del modo supervivencia al modo reparación. Reparar no es olvidar, ni decir “ya pasó” cuando todavía duele, ni obligarse a estar bien. Reparar es permitir que el cuerpo y el alma encuentren espacios de alivio.
A veces, el primer gesto de reparación es respirar. No como una técnica perfecta, sino como una pausa. Inhalar lentamente, soltar el aire con suavidad y repetirlo varias veces puede recordarle al sistema nervioso que existe una posibilidad de calma. No borra el dolor, pero abre un espacio para sostenerlo.
Otro gesto esencial es cuidar lo básico. En crisis, lo simple se vuelve medicina cotidiana: tomar agua segura, comer algo cuando sea posible, descansar por turnos, proteger a los niños, acompañar a los mayores, mantener limpias las heridas, no abandonar tratamientos indicados y pedir ayuda ante señales de alarma. Cada pequeño cuidado cuenta.
También es importante comprender que el duelo no tiene una sola forma. Algunas personas lloran, otras se quedan en silencio, otras necesitan hablar una y otra vez, y otras sienten culpa por haber sobrevivido o por no haber podido hacer más. No hay que apurar el dolor. Acompañar es escuchar sin minimizar y sin convertir la tristeza ajena en lección.
Quien cuida también necesita ser cuidado
Familiares, vecinos, médicos, voluntarios, rescatistas y personas que sostienen a otros pueden parecer fuertes, pero también se cansan. La solidaridad no debe convertirse en sacrificio silencioso hasta el límite. Para ayudar de verdad, también hay que respirar, comer, dormir algo y aceptar relevo cuando exista esa posibilidad.
En medio de la incertidumbre, las rutinas pequeñas pueden ayudar. Rezar, escribir lo que se siente, caminar unos minutos, ordenar un espacio, preparar una comida sencilla, llamar a alguien o abrazar a un hijo pueden convertirse en anclas. No resuelven la tragedia, pero le recuerdan al cuerpo que todavía hay vida, vínculo y sentido.
Si el miedo, la tristeza o la angustia se vuelven insoportables; si una persona habla de hacerse daño; si no puede dormir durante varios días; si se desorienta, se aísla por completo, deja de comer o abandona medicamentos importantes, es necesario buscar apoyo profesional, comunitario o familiar de manera urgente. Pedir ayuda no es fracasar. Es proteger la vida.
En una Venezuela herida, sanar no puede entenderse solo como algo individual. También repara la comunidad: la vecina que comparte comida, el joven que carga agua, quien ofrece transporte, quien dona ropa limpia, quien escucha al que perdió todo, quien acompaña a un enfermo, quien cuida a un niño mientras su madre respira un momento. La esperanza verdadera no niega la realidad: la mira de frente y decide no abandonar.
Tal vez hoy no se trate de estar bien
Tal vez hoy se trate de estar juntos. De hacer lo posible. De no exigir fortaleza a quien apenas puede levantarse. De recordar que cada cuerpo cansado merece descanso, cada duelo merece respeto y cada vida afectada merece cuidado.
Pasar del modo supervivencia al modo reparación será un camino lento, distinto para cada persona. No hay recetas mágicas ni soluciones rápidas. Pero sí hay gestos posibles que ayudan a atravesar la noche: respirar, cuidar, escuchar, pedir ayuda, acompañar y sostenernos unos a otros. En tiempos de dolor, eso también es salud. Eso también es esperanza.
A quienes hoy sienten que la vida se les partió en dos, a quienes perdieron a alguien, a quienes quedaron sin casa, a quienes están enfermos, convalecientes o cuidando a otros con el corazón cansado: no están solos. Venezuela duele, pero acompaña. En este camino lento hacia la reparación, que cada palabra amable y cada mano extendida nos recuerden que todavía podemos sostenernos. Estamos contigo.
Por: Dra. Digna Vergara Contreras

Médico cirujano con 35 años de práctica clínica. Docente y conferencista en Medicina Integrativa, Antienvejecimiento y Longevidad. Formación en Medicina Antienvejecimiento – Universidad de Sevilla, España. Desarrolla programas de educación en salud enfocados en envejecimiento saludable, prevención y optimización de la calidad de vida.