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Las fases del duelo: entender el dolor para abrir espacio a la aceptación

Las fases del duelo: entender el dolor para abrir espacio a la aceptación

Las fases del duelo: entender el dolor para abrir espacio a la aceptación

Perder a un ser querido es una de las experiencias más difíciles que puede atravesar una persona. A menudo, el dolor se mezcla con confusión: “¿Es normal lo que siento?, ¿por qué un día estoy mejor y al siguiente me siento peor?”. Conocer las fases del duelo ayuda a comprender que muchas de las emociones intensas que aparecen forman parte de un proceso humano, no de una falla personal. 

Este texto busca ofrecer una guía clara y cercana sobre las etapas descritas en el modelo clásico de duelo, cómo pueden vivirse en la práctica y de qué manera es posible acompañarse a uno mismo en este camino. No se trata de encasillar lo que se siente, sino de ponerle nombre para poder mirarlo con mayor comprensión y menos juicio. ¿Qué es el duelo y por qué se habla de fases? El duelo es la respuesta natural ante una pérdida significativa, especialmente la muerte de un ser querido. No es una sola emoción, sino un conjunto de sentimientos, pensamientos y cambios en la conducta que pueden variar a lo largo del tiempo. El duelo no sigue una línea recta: hay avances, retrocesos aparentes, días de mayor calma y otros de intenso dolor.

Se describen cinco fases que muchas personas pueden experimentar:  


  1. Negación 
  2. Ira 
  3. Negociación 
  4. Depresión 
  5. Aceptación. 

Es importante entender que estas etapas no son una secuencia rígida. No todas las personas pasan por todas, ni en el mismo orden, ni con la misma intensidad. A veces se puede sentir ira y, al mismo tiempo, momentos de aceptación; otras veces se vuelve a una fase previa después de haber avanzado. Lejos de ser un “manual” estricto, este modelo ofrece un marco para reconocer que lo que se vive tiene sentido dentro del proceso de duelo. 

El objetivo de conocer estas fases no es evaluar si el dolor “va bien” o “va mal”, sino aliviar la sensación de extrañeza: muchas reacciones que parecen inexplicables son, en realidad, respuestas humanas a una experiencia profundamente impactante. 

Negación e ira: la mente tratando de protegerse 

Negación: La cortina de incredulidad 

Al inicio del duelo, es frecuente que aparezca la negación. No siempre se expresa como un “no lo creo” literal; a veces se manifiesta como una sensación de irrealidad, de estar viviendo una especie de sueño o de película ajena. La persona puede seguir con ciertas rutinas casi en “automático”, mientras una parte de ella aún no termina de asimilar la magnitud de la pérdida. Esta negación actúa, en muchos casos, como una protección temporal. El dolor es tan intenso que la mente lo va aceptando por partes, como si se acercara y se alejara de la realidad de forma alternada. Desde fuera, puede parecer frialdad, pero en realidad suele ser un intento de no desbordarse emocionalmente. Sin embargo, si la negación se mantiene de forma rígida durante mucho tiempo, puede dificultar el proceso de elaboración del duelo. Por eso, suele ser valioso contar con espacios seguros —con personas de confianza o profesionales— donde sea posible ir acercándose, poco a poco, a lo sucedido, sin presiones ni exigencias de “estar bien”. 

Ira: la furia ante la pérdida 

Cuando la realidad de la pérdida se hace más evidente, muchas personas sienten ira. Puede ser una rabia dirigida hacia distintas direcciones: 

  • Hacia la situación: “No es justo que esto haya pasado”. 
  • Hacia otras personas: familiares, personal sanitario, amigos que “no hicieron más”. 
  • Hacia uno mismo: por decisiones tomadas o no tomadas, por palabras dichas o no     

   dichas.

  • Incluso hacia la persona fallecida: por haberse ido, por haber asumido riesgos, por no haber pedido ayuda a tiempo.

La ira suele ser una respuesta a la sensación de injusticia y de impotencia. Aparece el intento de encontrar un responsable, una explicación que ordene lo ocurrido. Aunque socialmente a veces se juzgue la rabia, en el contexto del duelo puede ser una forma de expresar que algo profundamente valioso se ha perdido. 

Lo que suele ayudar en esta etapa no es reprimir la ira, sino encontrar formas seguras de reconocerla y canalizarla: hablar de ella, escribir lo que se siente, expresar el enfado sin dañarse ni dañar a otros. Entender que la rabia no invalida el amor ni el cariño por el ser querido puede ser un paso importante para transitar este momento. 

Negociación y depresión: entre el “si hubiera…” y la profundidad del dolor. 

Negociación: el deseo de cambiar lo irreversible. 

En la fase de negociación, la persona intenta, muchas veces de manera interna, encontrar formas imaginarias de revertir lo sucedido. Surgen pensamientos del tipo:

  • “Si yo hubiera insistido más, tal vez estaría aquí”. 
  • “Si hubiéramos ido a otro médico, las cosas serían distintas”. 
  • “Prometo cambiar, si pudiera volver atrás”. 

Estos diálogos internos no cambian el pasado, pero expresan el enorme deseo de recuperar lo perdido. A la vez, pueden despertar sentimientos intensos de culpa, aunque la persona no sea responsable de lo ocurrido. La negociación es, en parte, un esfuerzo de la mente por recuperar cierta sensación de control en medio del caos emocional. Ir diferenciando, con el tiempo, lo que estaba o no en manos de la persona puede aliviar parte de esta carga. A veces, compartir estos pensamientos en un espacio de escucha respetuosa ayuda a mirarlos con más perspectiva y a reconocer que actuar con la información limitada del momento no invalida el amor ni el cuidado que se tuvo. 

Depresión: la profundidad de la tristeza 

A medida que el paso del tiempo hace más evidente la ausencia, la tristeza puede hacerse más intensa y estable. En esta fase es frecuente: 

  • Sentir un gran cansancio físico y emocional. 
  • Perder interés por actividades antes placenteras. 
  • Tener dificultad para concentrarse. 
  • Buscar aislamiento o compañía selectiva. 

La depresión en el duelo no siempre implica una enfermedad; muchas veces es la expresión de cuánto significaba esa persona en la vida propia. La soledad se vuelve más clara: la silla vacía, el silencio en casa, las rutinas que ya no son compartidas. Estos detalles cotidianos pueden reactivar el dolor una y otra vez. Es común pensar que se “debería estar mejor” pasados algunos meses. Sin embargo, el tiempo necesario para atravesar esta fase es muy personal. Lo que suele ser de ayuda es no exigirse dejar de sentir tristeza, sino aprender a darle un lugar. Actividades sencillas, como salir a caminar, mantener cierta estructura diaria o hablar con alguien de confianza, pueden contribuir a que el dolor no se vuelva totalmente paralizante. Cuando la desesperanza es muy intensa y prolongada, o cuando aparecen ideas de hacerse daño, contar con apoyo profesional se vuelve especialmente importante, ya que puede ofrecer herramientas y acompañamiento clínico especializado. 

Aceptación: integrar la pérdida y seguir viviendo 

¿Qué es realmente la aceptación? 

Aceptar no significa olvidar, dejar de querer ni “superar” en el sentido de borrar lo sucedido. La aceptación es más bien un proceso en el que la persona reconoce, en profundidad, que la pérdida es irreversible y que, aun así, su propia vida continúa. 

En esta fase, el dolor puede seguir presente, pero tiende a ocupar menos espacio. Se vuelve posible: 

  • Recordar sin que cada recuerdo resulte insoportable. 
  • Hablar del ser querido en pasado, pero también en términos de legado (lo que dejó en uno). 
  • Volver a interesarse por proyectos, vínculos y actividades nuevas. 

La relación con la persona fallecida cambia: ya no se limita al momento de la pérdida, sino que se expande a todo lo vivido y a lo que sigue influyendo en la vida actual. 

Encontrar significado y nuevos vínculos con el recuerdo 

Muchas personas, al avanzar en la aceptación, encuentran formas personales de honrar la memoria de quien murió: pequeños rituales, fotografías, cartas, actividades solidarias o creativas inspiradas en sus valores. Estos gestos no anulan el duelo, pero pueden dar un sentido distinto al sufrimiento y conectar el amor con acciones presentes. 

Aceptar también implica permitirse volver a sentir alegría sin sentir que se traiciona al ser querido. Recuperar la risa, el interés, las ganas de hacer planes no significa que se haya dejado de amar; puede ser, más bien, una manera de agradecer lo vivido y de reconocer que la propia vida merece cuidado. 

Recomendaciones para acompañar el propio proceso de duelo 

Aunque cada persona transita el duelo de manera única, algunas orientaciones pueden resultar útiles:

  • Validar todas las emociones: Permitir que aparezcan la tristeza, la rabia, la culpa o la confusión sin juzgarlas como “malas” o “exageradas” ayuda a que pierdan rigidez. Negar lo que se siente suele aumentar el malestar. 
  • Buscar apoyo humano: Compartir recuerdos, hablar de la persona fallecida y expresar lo que se vive puede aliviar la sensación de aislamiento. El acompañamiento de amistades, familiares o grupos de apoyo facilita el tránsito del duelo. 
  • Cuidar el cuerpo y la rutina: Mantener hábitos básicos (alimentación, sueño relativamente regular, algo de movimiento físico) puede sostener la energía en momentos en que las fuerzas emocionales parecen agotarse. 
  • Dar tiempo al proceso: El duelo no tiene una fecha fija de finalización. Respetar el propio ritmo, sin compararse con los tiempos de otros, permite una elaboración más genuina y menos presionada. 

El duelo por la muerte de un ser querido es un camino profundo y, muchas veces, doloroso. Las fases de negación, ira, negociación, depresión y aceptación no son reglas rígidas, pero sí un mapa que ayuda a entender que lo que se siente tiene un sentido dentro de la experiencia humana. Reconocer que el dolor, la rabia o la confusión forman parte del proceso puede aliviar la idea de estar “fallando”. Con el tiempo, y con apoyo adecuado, muchas personas logran integrar la pérdida en su historia, recordando a quien se ha ido con amor, a la vez que retoman sus propios proyectos y vínculos. Aunque la ausencia deje una huella permanente, es posible que la vida vuelva a abrir espacios para la calma, la conexión y el significado. Cada paso, por pequeño que parezca, forma parte de ese movimiento hacia una forma nueva, y más serena, de convivir con lo vivido y con lo querido.

 

Por: Psic. Luis Felipe Hernández

(Psicólogo UCV) Profesor jubilado de planta UCV y profesor activo de Diplomado Facultad de Farmacia Universidad Central de Venezuela. Psicólogo ex jefe Servicio de Asesoramiento Psicológico Facultad de Farmacia UCV (jubilado). Hipnoterapeuta Ericksoniano

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